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Había llegado la hora y no cabían titubeos ni demoras. Esta sensación peculiar, que él llamaba despertar, le era conocida desde los momentos decisivos de su vida; era vivificante a la par que dolorosa, una mezcla de despedida y marcha que le sacudía en lo hondo de su inconsciente como un vendaval de primavera…

En el despertar no se trataba, al parecer, de la verdad y del conocimiento, sino de la realidad y de la vivencia y continuidad de ésta. Al despertar no se adentraba uno más en la esencia de las cosas ni en la de la verdad; únicamente comprendía, lograba o padecía la orientación del propio yo con respecto a la situación actual de las cosas. No se descubrían leyes, sino decisiones, no se llegaba al centro del mundo, pero sí al centro de la propia persona.

Hermann Hesse: El juego de los abalorios.


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Juan Medina
Profesor de Teoría Económica
Universidad de Extremadura

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