espectáculo (los deseos del alma)










Una acumulación interminable de espectáculos –anuncios, entretenimiento, tráfico, rascacielos, campañas políticas, grandes almacenes, acontecimientos deportivos, informativos, visitas artísticas, guerras en el exterior, lanzamientos espaciales- constituyó el mundo moderno, un mundo en el que toda la comunicación fluía en la misma dirección, de los poderosos a los sin poder… El espectáculo producía naturalmente no actores, sino espectadores: hombres y mujeres modernos, ciudadanos de la sociedad más avanzada del planeta, que eran animados a contemplar cualquier cosa que les fuera ofrecida para contemplar…

Habiendo satisfecho las necesidades del cuerpo, el capitalismo como espectáculo se dirigió a los deseos del alma. Se volvió hacia hombres y mujeres individuales, captó sus emociones y experiencias subjetivas, cambió estos fenómenos -en principio etéreos- en cosas objetivas, en artículos reproducibles, los sacó al mercado, les puso precio y los volvió a vender a quienes antes producían por sí mismo emociones y experiencias… a quienes, prisioneros del espectáculo, ahora sólo podían encontrar esas cosas en el mercado.


Greil Marcus: Rastros de carmín. Historia secreta del siglo XX.







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Juan Medina
Profesor de Teoría Económica
Universidad de Extremadura

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