placer lentitud








En lugar de mirar atentamente el cuerpo que se ha desnudado en su presencia, en lugar de acercarse a él, de aprehenderlo lentamente, de tocarlo tal vez, él aparta la vista y se tira al agua.

Un chico raro el tal Vincent. Arremete contra los bailarines, delira sobre el tema de la luna y, en el fondo, resulta ser un deportista. Se zambulle y nada. De golpe, olvida su propia desnudez, olvida la de Julie y ya no piensa más que en su crol. Detrás de él, Julie, que no sabe zambullirse, baja prudentemente por la escalerilla. ¡Y Vincent no gira siquiera la cabeza para mirarla! El se lo pierde: porque la verdad es que Julie está encantadora, muy encantadora incluso. Su cuerpo está como iluminado; no por su pudor, sino por algo igualmente bello: por la torpeza de una intimidad solitaria, ya que, al tener Vincent la cabeza bajo el agua, está segura de que nadie la mira; el agua le llega al vello del pubis y le parece fría, le encantaría sumergirse pero le falta el valor. Se ha detenido y duda; luego, con prudencia, baja un escalón más de tal manera que el agua le llega al ombligo; se moja la mano y, acariciándose, se refresca los pechos. Es realmente hermoso mirarla. El cándido de Vincent no se entera de nada, pero yo veo por fin una desnudez que no representa nada, ni libertad ni basura, una desnudez exenta de toda significación, desnudez despojada, tal cual, pura, y que cautiva al hombre.


Milan Kundera: La lentitud




 

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Juan Medina
Profesor de Teoría Económica
Universidad de Extremadura

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