en quién reflejarlo










Antes era un hombre positivo, interesante, guapo, que cuidaba su aspecto, que tenía proyectos.

    Me odio.

Un hombre del que se podía aprender, que parecía haber leído todos los libros del universo, con quien a una le apetecía acostarse de vez en cuando por lo bien que olía y lo bien que follaba, un amigo leal, un colega como pocos.

    Oye, te he pedido consuelo, no que me des latigazos con la verdad.

    ¿Sabes cuál es nuestro error? Que no tenemos hijos.

    Ya salió el instinto maternal.

Cambió, seria, de postura en el banco. Se acababa de despertar. Ágil de pronto, expresivas las facciones, le expuso su hipótesis y él ni la miraba. Él miraba el brillo plateado de la petaca. La agitó. Vacía. Y ella dijo:

    Estamos corroídos de insatisfacción y lo peor que nos puede pasar es el éxito. El éxito es horrible si no tienes en quién reflejarlo. Vas a casa con tu absurda medalla, con el diploma firmado por el alcalde o el trasto de bronce que dan al ganador de los concursos y qué, te mira tu imagen en el espejo y te dice lo que te dice.

    ¿Qué dice? La mía es un loro. Repite lo que yo digo.

    Dice lo gilipollas que somos. Y lo hipócritas. No paramos de mentirnos. Escribimos para que nos perdone la imagen en el espejo, ante la que no podemos fingir. Sólo quien asume responsabilidades está en condiciones de hacerse perdonar por esos ojos despiadados que nos miran cuando nos miramos.


Fernando Aramburu: Ávidas pretensiones.








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Juan Medina
Profesor de Teoría Económica
Universidad de Extremadura

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