Kvetcheando









Mi detalle favorito del suicidio de Ronald Nimkin: está ahí, balanceándose, colgando de la barra de la ducha, el joven pianista muerto, con una nota prendida a la camisa de manga corta... Y los dedos, claro, unas cosas grotescas, largas, blancas, con siete nudillos, por lo menos, entre cada palma de la mano y cada uña simpáticamente mordida, esas manos de Bela Lugosi que según me decía mi madre —y volvía a decírmelo, y me lo decía otra vez, porque ella nunca dice las cosas una sola vez, ¡nunca!— eran «manos de pianista nato».

¡Pianista! Sí, es una de esas palabras que les encantan, igual que doctor, doctor. Y residencia. Y, por encima de todas, despacho propio. Abrió su despacho propio en Livingston. «¿Te acuerdas de Seymour Schmuck, Alex?» , me pregunta, o de Aaron Putz o de Howard Shlong,* o de cualquier otro memo a quien se supone que yo conocí en el colegio de primera enseñanza, hace veinticinco años, y de quien no me acuerdo ni por lo más remoto. «Bueno, pues me encontré por la calle a su madre, el otro día, y me contó que se ha convertido en el neurocirujano más importante del Hemisferio Occidental. Tiene seis casas de dos niveles, a lo rancho, de piedra sin labrar, en Livingston, y pertenece al consejo de once sinagogas, todas nuevas y proyectadas por Marc Kugel, y el otro día agarró a su mujer y a sus dos hijitas, que, de lo monísimas que son, ya están negociando con la Metro, y tan listas que ya deberían estar en la universidad... Las agarró y se las llevó a Europa en una gira de ochenta millones de dólar es por siete mil países, de algunos de los cuales no has oído hablar en tu vida, porque los han creado en homenaje a Seymour, y, además, es tan importante, Seymour, que en todas y cada una de las ciudades europeas que visitó vino el mismísimo alcalde a pedirle que efectuara alguna operación quirúrgica imposible en algún hospital que acababan de construir allí mismo, nada más que para él. Y escucha esto: durante la operación hacían que sonase en el quirófano la música de Éxodo, para que todo el mundo supiese de qué religión era el cirujano... Ya ves, adónde ha llegado, tu amigo Seymour. ¡Y lo felices que hace a sus padres!»

[…]

Como iba diciendo, el detalle del suicidio de Ronald Nimkin que más me llamó la atención fue la nota para su madre que encontraron prendida a su amplia camisa de fuerza, a esa bonita camisa deportiva tan rigurosamente almidonada. ¿Sabe lo que decía? Adivínelo. El último mensaje de Ronald a su mamá. Adivínelo.


Ha llamado la señora Blumenthal. Que no te olvides de llevar las reglas del mah-jong a la partida de esta noche en su casa.
Ronald


Ahora dígame usted: ¿qué tal este ejemplo de bondad hasta el último segundo? ¿Qué tal este ejemplo de chico bueno, sensato, bondadoso y bien educado y formal, un simpático muchacho judío del que nadie, jamás, habría tenido motivo para avergonzarse? Di gracias, cariño. Di de nada, cariño. Di perdón, Alex. ¡Di perdón! ¡Pide perdón! Sí, pero ¿por qué? ¿Qué he hecho ahora?

[…]

     — ¿Por qué? —quiere saber, arrodillada en el suelo, deslumbrándome con una linterna—. ¿Por qué haces estas cosas?

Muy simple. ¿Por qué renunció Ronald Nimkin a su alma y al piano? ¡PORQUE NO LO SOPORTAMOS MÁS! ¡PORQUE LAS PUÑETERAS MADRES JUDÍAS SOIS MUCHO MÁS DE LO QUE UNO PUEDE SOPORTAR! He leído lo que dice Freud sobre Leonardo, doctor, y per done la arrogancia, pero son mis fantasías, clavadas: ese gran pájaro sofocante que bate las alas delante de mi cara y de mi boca, impidiéndome incluso tomar aire. ¿Qué es lo que queremos, Ronald, Leonardo y yo? ¡Que nos dejen en paz! ¡Aunque sólo sea media horita! ¡Ya está bien de desjarretarnos para que seamos buenos y agradables! ¡Maldita sea vuestra estampa, dejad que nos meneemos las colitas en paz, dejad que tengamos pequeños pensamientos egoístas!


Philip Roth: El lamento de Portnoy.







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Juan Medina
Profesor de Teoría Económica
Universidad de Extremadura

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